El otro día hablando con una amiga le comenté que con los años estoy desarrollando una paciencia infinita ante ciertas cosas; que antes me afectaban más algunos asuntos y que ahora consigo que no me calen muy a dentro. Simplemente, que intento tomarme la vida con más tranquilidad que todos sabemos que dura dos días.
Recapacitando sobre ello, no sé si es una virtud que he conseguido tras años de duro autocontrol, o es que es el espiritu de esta sociedad en el que no nos inmutamos por nada y poco nos afecta por mucha provocación que veamos. Casos como el asalto a la catedral de Córdoba por un grupo de organizados musulmanes, el patente fracaso de la ley de menor que nos muestra una vez más estos días como una supuesta probable homicida sólo le caiga unos añitos en un internado, o que uno de los políticos más falsos del panorama español se gaste un millón de euros para el pisito de su hijo en el centro de Madrid, debería hacernos reaccionar un poco a todos nosotros. Por mucho que hayamos estado inmersos en las vacaciones de semana santa.

Por ello, no sé si voy a tener que ponerme todos los días el café más cargado para activar mi nivel de adrenalina o por el contrario unirme al sentimiento patrio del todo igual y el qué más da. Pocas personas son conscientes que la democracia y nuestro modo de vida es como una planta que hay que regar día a día y dedicarle un mínimo de interés; que no nos podemos quedar cruzados viendo como el árbol se tuerce.






