La semana pasada, al igual que hoy, media España se encontraba delante de la televisión viendo como Rajoy y ZP se enfrentaban en un férreo debate. Yo, que mi salud me impide ver las cejas de Zapatero aunque sea a diez metros de distancia, escuché a lo lejos cómo hablaba de que en este país no había déficit hospitalario de camas, entre muchos de los asuntos que soltó, y que España iba viento en popa a toda vela.
Sobre esa hora, una mujer discutía voz en grito con un médico por un tema que, a cualquiera, le puede dejar turulato: ingresar a su madre con neumonía en el hospital. La historia era muy simple, el hospital estaba colapsado y, aunque la anciana no se encontraba precisamente bien a sus 90 años, el médico sólo le daba la solución de devolverla en ambulancia en su casa ya que no tenía donde meterla.
Después de dar la lata, forzando las cuerdas vocales, la anciana ingresó en el hospital y ha mejorado considerablemente.


Ahora mismo, mientras nuestros políticos están ladrándose entre sí en la televisión pública no estaría de más que recordaran que nuestra seguridad social está empezando a desbordarse; que es algo básico que después de toda una vida pagando impuestos, lo mínimo es que tengas una asistencia sanitaria digna y no que los hospitales estén colapsados por personas que generan muchos gastos, pero que no dan ni un duro al fondo común de los españoles.
Pero qué importa este problema a aquéllos que no lo sufren, ni en los hospitales, ni en sus propias casas.
Pero qué importa este problema a aquéllos que no lo sufren, ni en los hospitales, ni en sus propias casas.



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