Las veces que me he paseado por Soria, o sea, una, recuerdo y confieso que iba buscando en las caras de las gentes la huella de aquellos antiguos, aquellos resistentes insumisos, sin darme cuenta de que tal vez aquella sangre ibérica se derramó en esa guerra para siempre.
Estamos en el año 134 antes de la Era Común. Los romanos viven un poco mosqueados. ¿Qué por qué? Porque recién han matado a un tal Viriato, o lo han hecho matar y no se sienten muy bien. Viriato era el espíritu del guerrero triunfante, duro, como lo eran todos en aquella época, que pasó de cazador a bandolero esquilmando las colonias romanas asentadas en la península después de las guerras púnicas. Cuentan los que se dedicaban a escribir todo lo que veían, y lo que no veían, también, que no consentía desmanes ni violaciones... en fin, que Viriato, el pastor lusitano, iba de legal. Poco a poco empezó a acumular éxitos y captar adeptos contra Roma, tanto así que los romanos, muy en su estilo, le prepararon la puñalada trapera con ayuda de sus allegados y además, dicen, fueron morosos a la hora de pagar traidores.
Viriato también pactaba y eso. Y por aquella época pactar, créanme, era ser blando de verdad, no es como ahora, que pactar se les ocurre a todos, aunque luego no se llegue a mucho. A su muerte, dejo tras de sí una leyenda que caló hondo en los arévacos, tribu llena de fervor antirromano, celtíbera, con unos diez mil habitantes en la ciudad cerro llamada Numancia.

Entre numantinos, amigos y seguidores del lusitano, su esposa Ada y sus hijos etc, se había montado ahí, en Numancia, un microimperio de fieros insumisos que obligaron a los romanos a acampar a veinticinco mil guerreros por la zona sitiando la ciudad en compañía de poetas, cantores, putas, echadores de cartas, además de la consabida soldadesca. Por haber, allí se habían convocado hasta una manada de elefantes que atendían al mando de un tal Yugurta, un tío que después de la faena en Hispania mató a todo el mundo para quedarse con el trono de Numidia, algo así como el Marruecos actual, pero sin Islam. Yugurta que por cierto, si lo llega a saber no habría ido, ya que años más tarde murió de forma similar a los numantinos y encima prisionero de Roma.

Roma entendió bien que Numancia podía acabar con muchos de ellos, así que, Escipión, al mando de la cosa, redujo gastos tontos en sus legiones y aisló definitivamente la ciudad rodeándola de armamento e intentando matarles así de hambre y necesidad. Nadie podía ayudarles, ni alimentarles sin ser cruelmente ajusticiado y tampoco nada podía convencerles de entregarse como esclavos. A los ocho meses de combate y asedio, Numancia no hablaba, no gritaba. Los numantinos se habían suicidado, matado unos a otros, o habían muerto de hambre o de pena. Quedaban algunos vivos, hechos cisco, que decidieron que el fuego sería su último acto de libertad. Los romanos ya se habían gastado mucha plata en las guerras, todo había terminado.
Numancia fue un suicidio, un ideal, o un símbolo de vida o desesperación y muerte. España debería recordarlo como el espíritu de lo que fueron sus raíces, como el honor, la defensa, etc, que fue para los dominadores la necesidad de no dejarse ni una brizna encendida y apagar hasta la última llama.
¿Moraleja? Pues eso. Que Roma aunque resistió algo más , finalmente también se vino abajo, corriendo la misma suerte que Numancia.
Publicado originalmente en Nunca Caminaremos Solos.
Escrito por Cruzcampo
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