Se ha desatado la locura, el pánico, la ansiedad. Hasta hace unos meses, los que anunciábamos que se estaban asomando las vacas flacas éramos tomados por locos, enajenados mentales y diversos. Desaceleración económica era más correcto.
Seis meses más tarde la crisis ha llegado a todos los sectores sociales, pero no nos engañemos: los medios de comunicación han fomentado que todos, de alguna manera, interioricemos que nuestro dinero tiene que estar ahorrado, o en el banco o debajo del colchón, ya que lo peor está por llegar. Y de esa manera, en un país cuya economía se basa en cosas tales como servicios y construcción, hemos dejado de comprar el coche nuevo que necesitamos, el capricho de irse de vacaciones y los pisos se han dejado de vender.
Los resultados han sido más que evidentes, pero sólo quería abordar un asunto: ha crecido de manera exponencial el uso de comedores sociales por personas de la clase media en todo el país, con niños incluidos; Madrid, Barcelona y Málaga, por poner un simple ejemplo, han visto que el perfil de gente que acude a estos sitios ha cambiado en pocos meses. Individuos en paro, con una hipoteca imposible y con cargas familiares, son las nuevas incorporaciones al mundo de la pobreza.
Y de esta forma, se ha iniciado un círculo vicioso que será muy díficil de romper hasta que se devuelva la confianza a la sociedad española. Una sociedad que desayuna, merienda y cena con la palabra crisis como aperitivo; o almax, según como se mire.
Al final, por mucho que miremos nuestra puerta roja, nosotros la vamos a querer pintada de negro. Paint it black.




