Hace bastante tiempo, comenté con ustedes que en mi adolescencia había sido una experta en el difícil arte de clasificar zapatillas. Con la rebeldía que tiene esa época de nuestra vida, me tiré días observando cómo esos utensilios volaban en mi dirección y la manera más adecuada de esquivarlas a tiempo.
En estas últimas semanas que he estado de retiro blogero, me he enterado de que a una madre la han condenado a pena de cárcel por haber pegado a su hijo un bofetón. Un hijo que, previamente, le había arrojado una zapatilla a la cabeza a su progenitora.
No sé si tendrán mi misma opinión, pero a mí, en su día, no había un pensamiento más alejado, aterrador y que menos se me pasaba por la cabeza, como el de hacer un efecto boomerang con esa zapatilla que se me acercaba a mis espaldas de manera tan peligrosa. Sólo de pensarlo años más tarde me entra un sudor frío por mi nuca.
Y menos aún, nuestros padres o abuelos - ésos que resistieron cómo se utilizaba el castigo físico en clase como consecuencia a que no eras un buen estudiante; o que el maestro lo consideraba oportuno - que se quedan perplejos, anodados, ante el giro que da una sociedad en décadas para que una madre vaya a la cárcel por educar a su hijo.
Tal vez ellos tuvieran razón en su día, y esa zapatilla no me haya perjudicado, sino beneficiado en algún sentido. Tendré que preguntárselo al señor juez, a ver qué opina.
En estas últimas semanas que he estado de retiro blogero, me he enterado de que a una madre la han condenado a pena de cárcel por haber pegado a su hijo un bofetón. Un hijo que, previamente, le había arrojado una zapatilla a la cabeza a su progenitora.
El juzgado de lo Penal número 3 de Jaén ha condenado a una madre a 45 días de cárcel y le ha prohibido acercarse a su hijo de 10 años durante más de un año y medio, por haberle dado un bofetón y haberle agarrado del cuello en una discusión.
No sé si tendrán mi misma opinión, pero a mí, en su día, no había un pensamiento más alejado, aterrador y que menos se me pasaba por la cabeza, como el de hacer un efecto boomerang con esa zapatilla que se me acercaba a mis espaldas de manera tan peligrosa. Sólo de pensarlo años más tarde me entra un sudor frío por mi nuca.
Y menos aún, nuestros padres o abuelos - ésos que resistieron cómo se utilizaba el castigo físico en clase como consecuencia a que no eras un buen estudiante; o que el maestro lo consideraba oportuno - que se quedan perplejos, anodados, ante el giro que da una sociedad en décadas para que una madre vaya a la cárcel por educar a su hijo.
Tal vez ellos tuvieran razón en su día, y esa zapatilla no me haya perjudicado, sino beneficiado en algún sentido. Tendré que preguntárselo al señor juez, a ver qué opina.
