jueves, agosto 27, 2009

Tres meses de soledad

En un apartado rincón del Mediterráneo, por llamarlo de alguna forma, he vuelto a escabullirme de vacaciones todo el tiempo que mis obligaciones me lo han permitido. Para mí ha sido poco, pero otros me dicen que no tengo nada de qué quejarme.

De esos días, puedo destacar los lugares que he visualizado donde sólo hay palmeras: futuros residenciales que la crisis ha frenado su construcción y sólo quedan los árboles -de la fase de la urbanización de la obra - como los reyes del lugar. Las palmeras campan a sus anchas gracias al estallido de la burbuja inmobiliaria. Y a mí, esa soledad y silencio que se respira en el ambiente, me produce cierta melancolía.

También tengo recuerdos de ver en la playa cómo un padre juega con su hija a ver cuántas veces le enseña el culo a la benjamina mientras ésta aplaudía y decía "ota vez, papi, ota vez". Sí, como lo oyen, por lo que de la melancolía de las urbanizaciones desiertas pasé pronto a una cierta estupefacción.

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Y ya por último, cuando me refugio en mi pila de libros, el genial Stieg Larsson, me provoca en la página 795 de su última parte coñazo de la saga Millenium un profundo sentimiento de rabia:

Gibraltar le gustaba. Era su tercera visita a esa extraña roca que tenía esa ciudad inglesa de absurda densidad de población a orilla del mediterráneo. Gibraltar era un lugar que no se parecía a ningún otro. La ciudad había permanecido aislada durante décadas: una colonia que, inquebrantable, se resistía a incorporarse a España. Por supuesto, los españoles protestaban contra la ocupación. (Sin embargo, Lisbeth Salander consideraba que los españoles deberían cerrar el pico mientras ocupaban el enclave de Ceuta en territorio marroquí, al otro lado del estrecho)

Sí, los suecos que últimamente tienen el encanto del ácido nítrico y les da por apoyar a todos las causas más absurdas y antidemocráticas que existen.

Como véis, un placer comprobar como todo sigue igual y que nada ha cambiado en estos meses de soledad. La realidad es la misma, por mucho que haya querido cerrar los ojos y no saber si el mundo sigue girando.